Fue el biólogo estadounidense Edward O. Wilson quien popularizó el término biofilia durante la década de 1980. Con ello se refería a la necesidad del ser humano de tener contacto con la naturaleza ya sea de manera directa o indirecta, pero siempre teniendo en ella un agente presente en su vida. De esa manera, nos damos cuenta de que el ser humano querrá estar en contacto permanente con elementos de la naturaleza, incluyendo en su propio hogar.

De lo anterior nace la idea de incorporar en las construcciones y la arquitectura elementos como el musgo, una especie viva con casi 15 mil variedades que prácticamente se adapta a cualquier espacio en el que pueda crecer. 

Entre otros beneficios, ayuda a estabilizar el suelo y se utiliza para evitar inundaciones y la erosión del suelo. En los jardines japoneses tradicionales, el musgo se usa para crear espacios serenos y tranquilos.

En los espacios interiores, los muros de musgo también ayudan a dar al ambiente una estética y una sensación de calma muy profundas. Su misma composición y los diversos acomodos que se le pueden dar, lo hacen convertirse incluso en un elemento de decoración. Además proporciona un aroma agradable y genera sensaciones de salud y bienestar.

El musgo tiene además la cualidad ser un sistema adicional de filtración del aire, que absorbe los contaminantes mientras produce oxígeno. Investigaciones realizadas en 2018 mostraron que tres días después de la instalación de una pared de musgo, el nivel de dióxido de carbono disminuye en un 225 por ciento en la propiedad donde se colocó. El musgo también produce iones negativos, cuyos efectos positivos se están estudiando actualmente en numerosos trabajos de investigación.

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