La arquitectura no solo se ocupa de alzar estructuras en un entorno determinado, sino de hacer que una y otra parte convivan de manera sana y armónica. Eso es la arquitectura del paisaje, una disciplina que se encarga de aprovechar los recursos naturales para que, sin dañarlos, éstos formen parte integral de una obra pensada para el deleite humano.

La arquitectura del paisaje tiene una gran responsabilidad consigo, pues su objetivo es rescatar la belleza de lo material y lo natural para crear una fusión única. El paisaje es, según una definición de la UNESCO, “cualquier parte del territorio tal como la percibe la población, cuyo carácter sea el resultado de la acción y la interacción de factores naturales y humanos”; o como lo menciona la Carta Mexicana de Paisaje, el paisaje es “un bien de interés público que al integrar el ambiente natural y las manifestaciones humanas, sociales y culturales, se constituye en un factor de calidad de vida, fuente de armonía y placer estético”.

Todo proyecto de arquitectura del paisaje tiene la responsabilidad de revisar las características biofísicas y sociales del sitio en el cual se hará un proyecto. De esa manera podrá conocer la manera en que se puede hacer esa fusión entre la obra y el ambiente de manera que puedan convivir de manera armónica.

En esta era en que el cuidado ambiental se ha vuelto una obligación y una necesidad, la arquitectura del paisaje tiene entre manos una misión importante: regresar al espacio natural lo que le pertenece y hacer de las obras materiales algo sustentable. La UNAM define a la arquitectura del paisaje como la “habitabilidad del espacio abierto, ya sea en lo próximo al hombre o en la organización de una región, buscando equilibrar los sistemas naturales con los humanos”.

Como indica Jordi Bellmunt, director del máster de Arquitectura del Paisaje del Departamento de Urbanismo y Ordenación del Territorio de la UPC: (…) un buen proyecto es aquel el que primeramente se deciden donde van los parques, después las calles y después las casas (…)”.

Una de las paisajistas de más renombre a nivel mundial,  la española Nathalie Gidrón, afirma:

“En general, y en nuestro país, el paisajismo siempre se ha considerado a pequeña escala, por parte de la opinión pública. Una disciplina desarrollada por diseñadores de jardines y espacios públicos ajardinados. Soy de la opinión que falta darle la dimensión que realmente tiene. La gente no suele entender que los paisajistas pensamos y proyectamos playas, ríos, parques, jardines, urbanizaciones, nuevos barrios… en definitiva, nuevos paisajes”.

El paisajismo nació también como una medida urgente de rescatar la ecología en las grandes ciudades, lugares donde lo verde a veces luce por su ausencia. Este afán de darle a las ciudades un poco de vida hizo que nacieran conceptos como los jardines verticales o las terrazas ecológicas, sitios que parecen pequeños bosques dentro de rascacielos o construcciones de concreto. 

Lo anterior, más que una moda, poco a poco se ha ido convirtiendo en un modo de vida y una declaración de principios por parte de personas que se aferran a no dejar morir a las ciudades en medio del caos. 

Sergi Carulla y Óscar Blasco, arquitectos y paisajistas formados en Barcelona, afirman en entrevista: “Antes hablábamos de que el paisaje es más una actitud que una profesión, por lo que está disponible para todos los que la quieran adoptar y practicar. Michel Corajoud, el paisajista francés, decía que intervenir en un paisaje es como hacerlo en una conversación ya iniciada. Para que se escuche nuestra voz podemos hacerlo interrumpiendo a todos a gritos, o podemos optar por escuchar pacientemente a los demás, pensar con calma lo que vamos a decir, y esperar el mejor momento para intervenir. Eso si es que creemos que lo que vamos a decir valdrá la pena”.

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